Introducción al montañismo vertical

Curso Técnicas Invernales

9 marzo, 2017 Comments (0) ALTA MONTAÑA, MONTAÑISMO, NOVEDADES, Relatos

Marmolejo

Altitud: 6.108m

Ubicación: Estero Marmolejo, Región Metropolitana.

Fecha: 10 al 15 de enero, 2017.

Integrantes: Esperanza Ulloa, Valentina Moreno, Leonardo Navarro, Gabino Reginato, Pablo Azúa, Joaquín Riquelme, Ximena Noriega, Stephano Novani, Martina Monckeberg e Ignacio Villagra.

 

Escrito por Ignacio Villagra Doll

 

El Cerro Marmolejo se asomaba para muchos como un gran desafío para terminar el 2016. Finalmente, después de la aclimatación correspondiente, reuniones varias y pasar el año nuevo porteando y admirando este magnífico cerro, fuimos diez los valientes que quisimos enfrentar el seis mil metros más austral del mundo.

 

El punto de encuentro fue el martes 10 en el Líder de Macul. Puntualidad relativa; para muchos fue complicado escaparse más temprano del trabajo un día laboral. Igual, no importaba mucho, ya que la idea de juntarse un martes a las nueve tenía que ver con hacer más productiva la jornada del día siguiente, donde la cosa empezaba realmente.

 

Salimos tipo diez y media en dos autos rumbo al Cajón del Maipo. Uno de los tantos “gabinomóvil”, cargado hasta reventar, y el aperrado auto del Joaquín fueron los encargados de transportar a los diez guerreros. A las una y media ya estábamos armando carpas al costado del río Yeso, protegidos por los vehículos. Nos esperaba una dura caminata al día siguiente, había que descansar.

 

El acuerdo era empezar a caminar a las ocho de la mañana. Sin embargo, nuevamente la impuntualidad nos jugó una mala pasada. Ordenamos nuestras cosas, revisamos equipos y un poco de bloqueador por aquí y por allá. A las nueve, nueve y media, ya estábamos dispuestos a enfrentar la dura jornada que se avecinaba, mochila puesta y todo. Media hora después, todos a “pata pelá” cruzando el estero del Plomo.

 

El grupo completo estaba preparado mentalmente para una excursión de varias horas por el cajón del estero Salinillas. Lo que cuesta asimilar es el peso de las mochilas. Comida para cinco días y equipo técnico para enfrentar el día de cumbre hacían lenta pero segura nuestra marcha. Ya la conocíamos. Después de equivocarnos todo lo que quisimos para año nuevo, esta primera jornada fue más que todo física, ardua.

 

El día fue transcurriendo entre bonitos paisajes y mucho calor, por sobre todo. Mucha vegetación coloreaba nuestro paso, mientras que a ratos una que otra vaca se cruzaba en nuestro camino.

 

Cada uno asimilaba el peso como podía. Entre todos nos dábamos ánimos, ya que sabíamos que era una dura jornada. Después de unas cuantas horas caminando, nos detuvimos a almorzar un poco antes de nuestro ex campamento base, actualmente totalmente destruido por las aguas que corren cerro abajo.

 

El respetado Paso del Pulgar se asomaba amenazante en el horizonte. Cada uno a su ritmo, fuimos superando este duro acarreo. Sin dudas el mayor desafío del día. Como recompensa, el Marmolejo se volvía a mostrar ante nuestros ojos, completamente majestuoso.

 

Extenuados, seguimos nuestro camino por la ladera este del cordón recién subido, sabiendo que quedaba poco para nuestro campamento base. Luego de una hora aproximadamente, llegamos a nuestro campamento base. Explanada al centro del valle, perfecto para armar cinco carpas.

 

El ánimo había aumentado. Sabíamos que estábamos más cerca de la cumbre y habíamos terminado exitosamente el primer día. Después de cenar, todos a dormir. El segundo día prometía tanto como el primero.

 

Temprano por la mañana, ya estábamos todos en pie desayunando. Desarmamos la carpas e hicimos un pequeño depósito entre las rocas, dejando ropa y comida. Ya había consciencia grupal de que el excesivo peso en la mochilas podía ser un retraso a nuestra marcha.

 

Nuestro segundo día de caminata fue mucho menos arduo, pero retador de todas formas. Después de unas horas, llegamos al primer campamento, a 4300m. Solo fue una parada para comer algo e hidratarnos, ya que debíamos seguir caminando hasta el segundo campamento. Algunos sacaban provisiones que habían porteado, sabiamente, en año nuevo.

 

Entre el peso y la altura, parecíamos astronautas en el espacio. “Lento pero seguro”, parecía ser nuestro lema. A paso constante entre penitentes y rocas transcurrió nuestro día. Mirábamos de reojo a la cumbre, como para cerciorarnos que aún seguía ahí.

 

Casi sin darnos cuenta llegamos hasta el segundo campamento. Para muchos, ya era un éxito acampar a los 4900m. Si hasta yoga hicimos. No fuimos los únicos que pensamos que el Marmolejo iba a ser un gran desafío. La pequeña civilización que nos esperaba en el campamento estaba poblada por un grupo de la Federación de Andinismo (FEACH) y otros cuatro montañistas, algunos extranjeros. Nos tuvimos que instalar en las periferias, fiel a nuestro estilo.

 

Estábamos ansiosos. En la madrugada íbamos a intentar el ataque de cumbre. Algunos ordenamos nuestras mochilas, otros comían, los menos ya estaban descansando en sus carpas.

 

4 de la mañana. Hora de salir. Entre la arreglada de crampones, la puesta de arnés y uno que otro contratiempo, comenzamos a caminar recién a las cuatro y media. A las 4:45 estábamos a las orillas del imponente glaciar, listo para recibirnos. Si, lamentablemente la impuntualidad es algo que nos caracteriza.

 

Enfrentamos el glaciar con buen ritmo. A lo lejos, veíamos las linternas del grupo de la FEACH, juntos y encordados. Con cuidado de no tropezar con los penitentes, seguimos constante nuestra marcha. Había buen ánimo general en el grupo.

 

Fuimos llegando de a poco al segundo campamento alternativo. La primera parada. Casi de las últimas, venía Valentina, quién ya no podía más. Dolor de cabeza y cansancio, síntomas característicos de la puna, le impidieron continuar. Su cordada, Esperanza, insistió en bajar con ella ¡Lo que no tenemos de puntuales lo superamos en compañerismo! Como si fuera poco, Pablo, líder de expedición, decidió no arriesgarse y bajar con ellas.

 

Durante la evaluación de la salida de porteo al Cerro Marmolejo alguien por ahí dijo que el líder de expedición tenía que reunir varias características, además de ser un buen montañista. Pablo demostró con creces ser un excelente líder de expedición. Preocupado por todos durante las jornadas de caminata. “¿Cómo te sientes?”, preguntaba. “Acá hay agua para que saquen”, nos decía. “Voy a mirar como está el camino allá”, avisaba. Más encima, bajando preocupado por dos compañeras que no pudieron continuar hasta la cima. Tremendo.

 

Siete continuamos hasta la cumbre. Ya amaneciendo, nos enfilamos glaciar arriba. Nos esperaba un hielo eterno, por lo que no convenía mirar hacia arriba, por bienestar mental. En una de esas, Leonardo decide bajar. “Ya me he sentido así y prefiero bajar”, dijo. Joaquín y Martina, quienes iban a paso lento, lo acompañan en su descenso, conscientes de que quedaba mucho y no querían retrasar a los que iban más adelante.

 

“Espérame que voy solo”, le aviso a Gabino por radio, quién ya había dejado atrás el glaciar, a los 5500m, junto con Ximena y Stephano. Nos juntamos los cuatro restantes para seguir avanzando por un largo acarreo de arena volcánica, junto con los montañistas extranjeros antes mencionados.

 

Mientras que Gabino y Stephano alcanzaron al grupo de la FEACH, yo y Ximena avanzamos a pura garra y corazón. Casi como si fuera cámara lenta, avanzamos a paso de caracol, pero seguros de estar cada vez más cerca de la cumbre.

 

Zigzagueando por una pendiente, avanzábamos con el Volcán San José a nuestras espaldas. Un poco de té y seguía la marcha. “Levanta la mano Gabino”, le digo por radio al ver una chaqueta roja a lo lejos. Mientras, en el campamento, el grupo expectante escuchaba y preguntaba cómo íbamos por la radio.

 

Dale que queda poco”, me grita Diego, uno de los integrantes de la expedición FEACH, mientras me abrazaba. “¡Dale Xime!”, grito hacia abajo, en una última carga de energía. Quedaban pocos metros para la cumbre.

 

Después de un tramo rocoso en el final, llegamos hasta donde estaban esperando Gabino y Stephano. Los cuatro juntos, nos dirigimos hasta la cumbre a eso de las 12, 12:30. Orgullosos, nos sacamos la foto de rigor, inmortalizando el esfuerzo de todos. Debido al viento congelado que corría en la cumbre, bajamos casi de inmediato.

 

La bajada la hicimos rápido, admirando todo lo que habíamos recorrido. Al llegar al campamento, todos nos felicitaban. Exhaustos, tuvimos energías solo para quedarnos sentados fuera de nuestras carpas un buen rato. Comimos y relatamos nuestra experiencia ahí sentados, incapaces de movernos más.

 

Al día siguiente, la jornada prometía bajar unos cuantos metros. Decidimos que la idea de quedarnos en nuestro campamento base estaba descartada, por lo que optamos por dormir en el campamento base original, casi por nostalgia.

 

Recogimos las cosas que habíamos dejado en el campamento base, escondidas entre las rocas. Momento perfecto para tomar un buen mate, dijimos entre todos. Casi teníamos ganas de quedarnos ahí. Mientras unos se hacían masajes, otros armaban torres con las piedras. Cada quién se relaja como puede. Hasta clase de geología hubo entre medio.

 

Esa noche cenamos todos juntos, ya mucho más relajados por lo que había sido la expedición. La comida comunitaria fue abundante, muchos con la negativa rotunda de bajar provisiones a Santiago, debido al esfuerzo que les había significado subirla a la montaña.

 

La noche, el clima y las estrellas invitaban a un buen vivac. Todos estábamos más relajados. En la mañana, desayunamos tranquilamente, como quién no se quiere ir todavía. Comenzamos a bajar cerca de las 12, para llegar a a los autos durante la tarde. La expedición había llegado a su fin.

 

 

 

 

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