Cuerno Principal del Paine

Comisión Archivo RAMUCH

13 junio, 2018 Comentarios desactivados en Trekking Paso Oggioni e Intento cerro Almirante Nieto Expedición Paine 2018, NOVEDADES

Trekking Paso Oggioni e Intento cerro Almirante Nieto

También en el contexto de la conmemoración de los 50 años de la ascensión al cuerno principal del macizo Paine, se realizó una travesía de Trekking por el paso Oggioni dentro del parque, así como intentos de ascenso al cerro Almirante Nieto y otro intento no concretado al cerro Amistad.

Dejamos el relato realizado por Gastón Fuentes.

Fotografías: Gastón Fuentes y Rodrigo Parra

La conmemoración y llegada al campamento Base de las Torres

En el terminal de buses de Puerto Natales nos juntamos las distintas expediciones rumbo al Parque Nacional Torres del Paine, con nuestras mochilas cargadas no sólo de equipo y la comida para al menos  – en nuestro caso – diez días, sino que también colmadas del entusiasmo propio del inicio de una aventura. Poco antes de llegar a Laguna Amarga, obtenemos las primeras y espectaculares vistas del Macizo Paine, con nuestros ojos clavados en los diversos objetivos, y en esas nubes que, aún en un día relativamente despejado, parecían no querer despegarse de las cumbres. Continuamos por la estepa patagónica hacia la administración del Parque, donde pasaríamos nuestra primera noche. En el camino, la perspectiva de las montañas era diversa por el sinuoso camino ripiado, y las expresiones de asombro, constantes. Luego de armar campamento, y con tiempo suficiente para disfrutar la tarde soleada, nos dispusimos a ordenar uno de los salones con nuestros modestos pero simbólicos vituperios, donde el grupo junto con funcionarios de la CONAF, dio inicio a la conmemoración, recordando a los inspiradores montañistas de nuestro club que se aventuraron hace exactamente cincuenta años por estas tierras patagónicas, realizando el primer ascenso del Cuerno Principal. Se hizo entrega por parte del club de fotografías exclusivas de aquella expedición, que llegaron a nuestras manos mediante familiares de Eduardo García. Se trata de la foto de las cordadas y de la foto cumbrera. La idea es que en la sala infográfica de la administración ellas puedan ser exhibidas, porque representan un hito importante dentro de la historia del montañismo en la Patagonia. Una vez terminados los discursos, fue tiempo de los snacks y el vino correspondiente. Aquí nada de copas, los tachos eran los protagonistas, que de mano en mano llegaban a los comensales. Los snacks, con su importante aporte de grasas, rápidamente desaparecían, quizás porque sabíamos que las porciones serían mucho más modestas los próximos días. Con la llegada de la noche, ordenamos y nos fuimos  a dormir.

Al día siguiente, la lluvia fue la protagonista durante toda la mañana, sin viento, pero a su vez, sin atisbo de querer detenerse. Así desarmamos el campamento, intentando apiñar nuestras cosas bajo unos árboles. A las 12:30 partimos en bus de regreso a Laguna Amarga. La humedad se había tomado el ambiente, tanto dentro de nuestro transporte como fuera de él. Ya en el destino, tomamos otro bus hacia la Hostería Las Torres. Entre bus y bus, nuestras ansias de caminar eran tremendas. Además, el tiempo había mejorado, las nubes comenzaban a disiparse lentamente, y aparecían los cerros con una fina capa de nieve polvo. Luego de conversar un poco y repartir las radios, nos pusimos las mochilas para iniciar nuestra marcha, que, luego de algo más de una hora de ascenso, nos permitió ver el largo Valle del Ascencio, hasta las montañas que días después deberíamos cruzar. El sendero transcurrió por hermosos bosques de lengas hasta el Campamento Base de las Torres, donde mostrando nuestra respectiva autorización al guardaparque, no hubo ningún inconveniente para nuestra estadía. Él, gentilmente, nos mostró en un notebook dentro de su refugio, fotos del ascenso que realizó hace un tiempo al Almirante Nieto, con unas condiciones meteorológicas impresionantemente buenas, de esas que cuesta encontrar en la Patagonia si de montañas se trata. Luego cenamos y nos juntamos a conversar acerca del intento que haríamos al día siguiente. De los 23 que éramos, subiríamos 10, tal como acordamos antes del viaje, saliendo bien temprano y diferidamente, y armando toda una estrategia para disminuir los riesgos lo más posible.

Los intentos al Cerro Almirante Nieto.

A las 3:30 salió el primer grupo, y a la 4:30, el segundo. El cielo se encontraba mayormente despejado y estrellado, con excepción del Almirante Nieto en su cumbre. El viento era mínimo. Con esas condiciones empezamos a ascender por el sendero, hasta poco antes del mirador de las Torres, donde nos desviamos para continuar rodeando por la morrena una quebrada de bosque achaparrado. Aquí las cosas empezaron a cambiar. Las primeras plumillas de nieve se dejaban caer, primero inocuamente, y luego, acompañadas de ráfagas de viento que las transportaban horizontalmente. Con las primeras luces del día ya era posible darse cuenta con mayor claridad acerca de lo que nos rodeaba, un manto de nubes que cubría nuestro objetivo junto con los demás cerros y torres aledañas. De esta forma, y ya en la parte más alta de la morrena, con el primer grupo empezamos a cuestionarnos la viabilidad de continuar, considerando las condiciones de nubosidad, nieve y viento, que revoloteaba y rujía en la canaleta a la que debíamos dirigirnos. Por ello, nos comunicamos con el otro grupo por radio y planteamos, una vez que nos reunimos,  nuestra postura de regresar, la que finalmente fue acogida. Nos quedamos un buen rato y bien abrigados en el lugar. Pudimos observar como los rayos del sol provenientes de la pampa teñían de un intenso rojo y amarillo las nubes que estaban cerca, mientras sobre nosotros nevaba. Fue un espectáculo de un par de minutos y sencillamente maravilloso. A las 7:30 empezamos el descenso hacia el campamento. En un punto pudimos ver que era factible cruzar directamente el bosque sin tener que dar la vuelta que precisamente dimos ese día. Fuimos a explorarlo y efectivamente acortaba camino. Una vez  en el campamento, la mayoría se dispuso a dormir, otros a comer, y en definitiva, a descansar para intentarlo de nuevo el día siguiente. Hicimos un repaso de maniobras, comimos y nos fuimos a los sacos.

A las 3:30 am salimos del campamento, esta vez juntos y pasando por la sección que el día anterior encontramos a través del bosque. La noche estaba clarísima, pero las nubes no querían irse de la parte superior del Almirante. De todas maneras íbamos con expectativas. El principal factor, el viento, estaba ausente, haciendo muy grato el tránsito por la morrena hasta la base de la canaleta. Desde este punto, éramos ocho caminando por un cómodo acarreo en un comienzo, que después se fue soltando haciendo más agotador el transitar. Nos reunimos a descansar antes de enfrentar el canalón nevado, comunicándonos por radio con las compañeras que, dentro de sus sacos de dormir, ya podían vernos con los binoculares desde el Mirador de Las Torres. Eso fue muy alentador, pues sentíamos el apoyo por parte de ellas. Nos imaginamos lo pequeño que seguramente nos veían, considerando que para nosotros era imposible distinguirlas. Retomamos la marcha en cuatro patas para superar un pequeño tramo en que el canalón se angostaba y luego seguimos, a veces recto, a veces zigzagueando con rumbo directo al hombro del cerro, por el terreno que tras la fina capa de nieve, escondía el hielo. A poco de llegar a dicho hombro, el viento empezó a golpear en las rocas, en los filos, y por supuesto, en nosotros. Y así, tras los últimos pasos por la pendiente, nos montamos en él. Estaba completamente nevado, con una vista bellísima por un lado hacia los Lagos y la Pampa, por otro, hacia los cordones que anteceden al Campo de Hielo Sur, y por otro más, hacia el glaciar colgante del Almirante Nieto y el paso de rocas, cubierto prácticamente en su totalidad de hielo. Respecto al lugar preciso en que estábamos, este era expuesto, teniendo hacia un costado la canaleta por la que subimos, y por el otro costado una caída de cientos de metros hacia el glaciar. En nuestro pequeño espacio, nos tirábamos al suelo para no ser desplazados por las ráfagas. En este contexto y a 2000 metros, decidimos no continuar.

Iniciamos el descenso desescalando unos agotadores 300 metros, principalmente por el viento que de tanto en tanto quería sacarnos de nuestras posiciones y que se anunciaba unos segundos antes silbando en las rocas, lo suficiente para clavar firmemente el piolet antes de movernos. Después ya pudimos caminar y entrar a la parte baja de la canaleta por el acarreo, donde el viento se volvió intenso y constante. Al mirar atrás, veíamos la nieve revoloteando en la montaña. Una vez en la morrena se nos abrió una espectacular vista a las Torres del Paine, despejadas, enormes y con nieve hace poco caída. Allí nos quedamos un rato, disfrutando la privilegiada perspectiva que teníamos. Volvimos por el camino del primer intento, instante en que la situación cambió drásticamente, pues estábamos protegidos del viento, el sol alumbraba intensamente y hacía bastante calor. Nos echamos en el pasto por más de una hora a descansar y admirar el entorno, particularmente las Torres. Repuestos, a poco andar empalmamos con el sendero principal y descendimos al campamento a eso de las 3 de la tarde. Había pocos compañeros allí, puesto que varios se habían dirigido durante la mañana al Campamento Japonés para continuar más allá buscando como cruzar un río  y como atravesar un bosque para la jornada siguiente, de manera de hacer la marcha más fluida aquel día. Además, ubicaron un posible lugar de campamento antes del Paso Oggioni. Nosotros aprovechamos de comer y sobre todo descansar, pues la jornada, a juzgar por nuestros rostros, estuvo agotadora. En la zona de cocina compartimos mate, chocolate caliente, té, y en general, fue un espacio de encuentro entre nosotros y nosotras. Ahora debíamos cambiar el switch. Atrás quedaba el Almirante Nieto y por delante teníamos el Paso Oggioni.

El Paso Oggioni y el cruce del bosque.

Este era otro de nuestros objetivos. En vez de seguir la “O” a la manera tradicional, marcharíamos hasta terminar el Valle Asencio, buscaríamos dicho paso y descenderíamos por el gran bosque de lengas que se encuentra en la otra ladera del cordón. Partimos diferidamente, cada media hora cada grupo. El sendero estaba bastante claro, lo que nos permitió internarnos rápidamente por el Valle Asencio y llegar en poco más de una hora al Campamento Japonés. Allí se encontraban dos escaladores esperando hace semanas la ventana para escalar una de las Torres. Nos acordamos de nuestros compañeros que intentarían el Cuerno, que seguramente debían vivir la misma situación. Luego de un descanso, en pocos minutos debimos cruzar el estero proveniente del Valle del Silencio por un preciso paso entre troncos y rocas. Desde ese instante, la huella desaparecía, por lo que seguimos en dirección hacia el final del valle a través un bosque abierto, que se fue achaparrando a medida que avanzamos y ganamos altura. Por lo mismo, su parte final nos obligó a buscar los espacios entre los troncos retorcidos por el viento inclemente de la Patagonia, donde las expuestas lengas sólo pueden crecer paralelamente al suelo. Una vez fuera del bosque tuvimos la primera vista hacia el Valle del Silencio, con cerros como el Fortaleza y El Escudo, bellamente erigidos en la cabecera del mismo, con sus lisas paredes de granito. El tiempo estaba bastante bueno, las rachas de viento sólo eran ocasionales. Eso nos permitió subir tranquilamente hasta un sector relativamente plano donde nos juntamos todos a comer y descansar. Eran cerca de las 2 de la tarde, de modo que, habiendo mucho día y buen tiempo por delante, decidimos seguir y cruzar el Paso este día. Así, continuamos ascendiendo hasta que el Valle se cerró completamente por las montañas, mostrando sus neveros, rocas y glaciares. Lo que más nos preocupaba eran las enormes cornisas que coronaban todo el filo hacia el cual nos dirigíamos. Todo ello nos llevó a subir la morrena a nuestra izquierda, no obstante que sendero no teníamos y el paso no parecía intuitivo. De allí que estuvimos un buen rato analizando las opciones y con diferencias sustanciales de apreciación respecto hacia donde debíamos seguir.  Primero investigamos una, pero que daba a un enorme precipicio hacia el Valle del Silencio. Posteriormente, y no sin antes analizar bien algunas fotos, el mapa y obedecer un tanto a la intuición,  investigamos otra junto a mi cordada (sin mochila), cuya ladera a lo lejos parecía compleja, y que sin embargo al acercarnos  mostraba una clara huella que traverseaba el acarreo expuesto para luego volver a perderse. Una vez que nos cercioramos de que los farellones quedaban atrás y que efectivamente conducía al paso, avisamos por radio de que empezaran a subir. Regresamos, bajando a buscar nuestras mochilas y a descansar, mientras los demás ya iban en el traverse. Salimos tras ellos y nos juntamos en el mismo lugar al cual habíamos llegado anteriormente en nuestra corta exploración, para un último descanso antes de salir al filo, que, a juzgar por las nubes, nos esperaría con algo de viento. Fuimos subiendo el acarreo final en constante  zigzag, y al mismo tiempo siguiendo la línea de nieve conectada al filo la cual cada vez iba angostándose más, dejando entrever que existía una brecha en la dirección en que caminábamos. Esos son momentos en que el cuerpo, a pesar del notorio cansancio que lleva,  recibe un disparo de adrenalina para enfrentar los metros finales, con la expectativa de la mágica vista que pensamos se nos abriría.

De pronto sucedió. Frente a nuestros ojos, desde los 1500 m, teníamos una portentosa panorámica conformaba por cordones montañosos bañados en glaciares provenientes del Campo de Hielo Sur; el Glaciar Dickson en su escurrimiento hacia el Lago homónimo, que desagua sus aguas hacia el gran valle por medio del Río Paine;  montañas escarpadas  y moldeadas bellamente por el hielo y el viento incesante, y que esta vez parecía darnos una tregua. Pero eso no era todo. Caminamos unos treinta metros por el filo hacia un lugar un poco más alto, cuando de improviso el Valle del Silencio se nos muestra sublime, con su enormidad recorrida por un glaciar y con sus paredes de formas impresionantes que lo encierran. En este contexto nos abrazamos. Las palabras y rostros de asombro nos conectaban como grupo, formándose una energía preciosa entre nosotros.  Y para coronar el gran momento, el vuelo del cóndor. El macho, la hembra y su cría que en los roqueríos tenían su hogar. Los padres volaban primero, y tras ellos, la cría se aventuraba a seguirlos, en un ejercicio que hicieron repetidas veces. ¡Cómo no maravillarse ante el espectáculo que teníamos la fortuna de presenciar! Estuvimos cerca de una hora allí, en cuyo transcurso el viento pasó de ser una brisa, a aumentar cada y cada vez más, como queriéndonos decir que ya habíamos tenido suficiente.

Sin poder sacarnos el paisaje de la retina, comenzamos el descenso. Se trataba de un largo acarreo que una vez superado nos llevó hasta un sector relativamente plano, para luego bajar nuevamente en dirección al límite del bosque, en lo que, a lo lejos, nos pareció una zona óptima para armar campamento, dada las condiciones de poca luz, terreno y cansancio acumulado. Se trataba de una pequeña planicie a la orilla del achaparrado bosque de lengas, con una hermosa vista, aunque dicho privilegio nos exponía a los vientos que – afortunadamente – nunca llegaron. Luego de armar las carpas, nos juntamos a comer y a disfrutar de la noche juntos y apiñados en nuestros sacos a la luz de las estrellas y de la luna, que se colaba entre las nubes para iluminar el Lago Dickson de un precioso color amarillo.

Al día siguiente, nos despertamos con una suave lluvia. Lo primero que hicimos luego de comer, fue una emocionante rifa para una cena en Dickson, correspondiente a compañeros que pagaron pero no pudieron asistir a la salida. En efecto,  debíamos llegar a ese campamento, cruzando un enorme bosque de lengas para empalmar en algún punto con el sendero. En línea recta eran unos 5 kilómetros, lo que nos hizo pensar en una jornada corta y de descanso. Por lo mismo empezamos tarde, alrededor de las 12. El mapa y el GPS nos iban dando ideas hacia donde debíamos transitar. De esta forma, marchamos buscando alguna entrada al bosque, algún sector donde se abriera lo suficiente para comenzar a descender. La encontramos luego de varios intentos infructuosos. Fuimos progresando sin perdernos de vista y a paso tranquilo para evitar caídas entre la vegetación. En algunas partes aparecían renovales imposibles de atravesar, lo que obligaba a dar varias vueltas hasta encontrar un paso. Habían transcurrido un par de horas y llevábamos a lo sumo un kilómetro, pero esto se veía compensado por la belleza del bosque intocado. Ahora debíamos cambiar el rumbo en dirección a una loma y un mallín que habíamos divisado a lo lejos desde el campamento, y en el que saldríamos al sendero. Pero el bosque no nos lo haría fácil. Se transformó en uno plagado de renovales y de vegetación baja que en muchos casos nos dejaba avanzar sólo muy lentamente, apenas entrando con las mochilas entre tantas ramas y troncos. Cuando parecía abrirse, nuevamente otro tramo de renovales infranqueables. Hasta que al fin acabaron. Teníamos la loma en cuestión muy cerca, la que luego de pasar un mallín, rodeamos por su base, bajamos un poco la ladera y de un momento a otro, ¡el sendero!. Al final tardamos unas 6 horas en poder cruzarlo. Se escuchaban los gritos de ánimo de los compañeros que ya habían llegado al empalme, lo que transmitía una energía tremenda.

Recuerdo una reflexión que hizo un compañero días después: en este bosque nos sentimos realmente inmersos en la experiencia de transitar por uno, pues las sensaciones son muy distintas a cuando tienes el sendero hecho. Sin él, tus sentidos están muy activos, sientes  la humedad, las vivas plantas y las que se descomponen, sientes con los pies sus distintos suelos, te atrapas con los troncos, con las ramas, en fin, vives el bosque tal cual es.

En ese momento sólo quedaba descender hacia Dickson, cuestión que cada cordada hizo independientemente hasta reunirnos allá como a las 8 pm, directo a elongar, comer y  compartir como lo hicimos en cada día. Algunas personas que se encontraban acampando, nos comentaron que habían visto nuestras luces en la noche, arriba, en nuestro campamento a orillas del bosque. Otros, nos creían perdidos, lo que fue rápidamente desmentido por una de nuestras compañeras.

¿Y el Cerro Amistad? Glaciar Puma.

Sabíamos que las buenas condiciones de los dos días anteriores estarían en retirada y que se acercaban lluvias y fuertes vientos. Partimos de Dickson con una llovizna en dirección al campamento Perros, siempre rodeados de bosque. Las cordadas salieron diferidamente, pero manteniendo el contacto radial con los que iban cerrando. Desde el puente que cruza el Río Perros se puso a llover, en algunos tramos intensamente. Al llegar a la morrena nos dio una tregua para contemplar el Glaciar Perros, donde nos reunimos varios del grupo. Luego nos dirigimos al campamento, al cual arribamos en pocos minutos. La continuación de la lluvia era inminente, así que luego de registrarnos,  armamos las carpas entre medio de las lengas. Más tarde, tres salimos a internarnos por el valle del Glaciar Puma para buscar una ruta de ascenso por ese sector hacia el Cerro Amistad. Al emerger del bosque se abrió una increíble vista hacia el fondo, con un circo de  montañas escarpadas y con los glaciares sosteniéndose de sus paredes, siendo desde aquí el avance bien intuitivo hasta el frente del glaciar transitando por la morrena de suave pendiente, que bajo la lluvia, nos permitía ver  borrosamente la cumbre del Amistad con su filo aserruchado. La situación, a decir verdad, se veía bastante hostil. Barajamos varias opciones, canalones, laderas, que aun con buen tiempo requerirían harto empeño. Después de analizar las opciones y de disfrutar del Glaciar, regresamos al campamento. Allí, conversamos los que intentaríamos al día siguiente la ascensión, acordando salir a las 6 de la mañana.

Sonó el despertador. Y sonaron los árboles azotados por el viento, y sonaron las carpas que soportaban en mayor o menor medida los embates de la lluvia. Nadie se levantó. Todos entendimos que en esas condiciones era imposible intentarlo. Así las cosas, seguimos durmiendo y nos tomamos la mañana con calma. Después de almuerzo y cuando la lluvia ya había cesado, decidimos ir todos al Glaciar Puma. Estábamos protegidos en ese valle del viento, sin embargo era cosa de mirar hacia las cumbres para notar la gran velocidad con que se desplazaban las nubes. Así y en poco más de una hora estábamos relajados a la orilla del Glaciar, presenciando bellas montañas, bellos glaciares y un gran túnel de hielo que desaparecía en sus entrañas. Rápidamente volvimos al campamento para cenar y levantarnos temprano al día siguiente continuando rumbo hacia Campamento Grey.

El Paso John Garner y la Cena en Grey

Sonaron los despertadores, y nuevamente llovía a cántaros. El campamento era un barrial y la gente se amontonaba en el refugio para desayunar y ordenar las cosas. De esta forma se inició nuestro día, marchando a las 08:00 hrs hacia el Paso John Garner bajo la intensa lluvia y un sendero hecho barro por todos lados al menos hasta que salimos del bosque, donde si bien pasamos a la morrena, a su vez quedamos expuestos al viento que con fuerza descendía desde el portezuelo. Mientras nos empapábamos veíamos a nuestra derecha el Cerro Amistad y su Glaciar, hostiles nuevamente, envueltos en una cortina de lluvia. A paso firme nos movimos hasta llegar al Paso, donde estuvimos un par de minutos, pues que el viento y la lluvia nos helaban con rapidez. Tuvimos las primeras vistas del enorme Glaciar Grey en su recorrido desde el Campo de Hielo hasta sus dos enormes brazos que caen al Lago Grey. En poco tiempo estuvimos en el bosque bajando el sendero, resbaloso con el barro, pero ya en ese momento con la lluvia y el viento en franca declinación. El estero que se encuentra llegando a campamento Paso, estaba notoriamente crecido, por lo que hubo que cruzar con cuidado. Un pequeño descanso y seguimos en dirección a Campamento Grey, siempre con el Glaciar a nuestro costado, subiendo y bajando lomas y cruzando las pasarelas que permiten sortear tres grandes quebradas. En algunos puntos era posible apreciar el Grey como un verdadero y enorme mar de hielo, con grietas de todo tipo, unas gigantes como navajas, otras casi superpuestas, otras muy simétricas; y de diversos matices, de un blanco intenso a un azul bellísimo en sus bordes. De ahí en más fue darle firme y parejo hasta el campamento, donde todos llegamos con mucha antelación a lo propuesto, cuestión que nos permitió aprovechar el poco sol que hubo para secar nuestras cosas, especialmente nuestros empapados hogares.

Para ese día teníamos reservada una cena en el refugio por lo que a eso de las 7 pm nos dispusimos a ello. Fue una sensación muy extraña pasar de nuestras carpas a ese lujo, que de todas formas nos era totalmente ajeno. Pero no le íbamos a decir que no a la comida que ya habíamos pagado hace meses. Arroz con porotos negros y carne y leche asada con cuatro calafates (sí, leyó bien, cuatro calafates). Estuvo rico, pero tapaba una muela para las ganas de comer que traíamos. Bromeamos harto con eso: con un arroz blanco y porotos wasil podíamos imitar el plato, o el raspado de leche asada con los cuatro calafates aun inmaduros, que en nada me hizo recordar la leche asada de mi madre, o los kilos de calafates maduros que había juntado dos semanas antes. En fin, después de la cena – y no sin antes  sacar leche y café más allá de lo que las “buenas costumbres” de los restaurantes sugieren – hicimos la evaluación de la salida, ya que al día siguiente nos dispersaríamos. En general se valoró el grupo humano, donde fluía la buena energía, también la organización y se consideraron positivamente las decisiones en terreno. Después de ello, fuimos al mirador del Glaciar Grey. Allí escuchamos uno que otro desprendimiento, viendo como lo masa de agua a nuestro alrededor, se agitaba. A los segundos los témpanos de la bahía se reacomodaban. Estuvimos un buen rato observando desde la orilla a esas particulares y bella formas, que en su gran mayoría, la mente no alcanza a imaginar. Regresamos al campamento cuando ya había casi oscurecido, para irnos a dormir y descansar en lo que sería una larga última jornada.

Epílogo.

            La mañana estaba inestable, a ratos llovía y a los minutos las nubes se disipaban. Entre tanto, marchábamos por el sendero con el Lago Grey a nuestro costado en dirección a Paine Grande. En un momento el viento pasó a estar bien intenso, haciendo peligrar el equilibrio en varias ocasiones. Nos tomó unas tres horas llegar a dicho campamento. Desde allí algunos tomaron el ferry para llegar a Pudeto luego de una corta navegación y esperar el bus. Los demás, teníamos que sumarle a los 10 kilómetros ya recorridos, otros 17. Fuimos orillando el Lago Pehoé hasta empezar a recorrer pampas enormes, la primera hasta antes de orillar el Río Grey, y la segunda, al alejarnos de él, la llamada Pampa de las Carretas.  Los cambios meteorológicos eran impresionantes, tanto así que no recuerdo cuantas veces se repitió la secuencia lluvia/no lluvia –  viento/no viento. A veces caminar por terreno plano resulta tedioso, siendo claramente la situación que se nos presentaba, además de ir con la presión de no perder el bus. Por eso caminábamos a tranco firme, con piloto automático recorriendo las grandes extensiones de coirones. ¡Se nos hacía eterno! Los últimos kilómetros ya eran pura cabeza, porque a decir verdad, las piernas estaban bastante desgastadas. Por cierto qué después de haber estado todo el día cubierto el Macizo Paine, hacia el final se abrió permitiendo nuestro último  deleite.

Hasta que en un punto empalmamos con un camino vehicular para luego de unos cientos de metros, arribar a la administración del parque en Villa Monzino, el lugar donde todo comenzó. Recuerdo muy bien lo rostros de los compañeros y compañeras, como dejaban caer sus mochilas, o como simplemente las arrojaban al piso, para abrazarnos fuertemente. Es el alivio de detenerse definitivamente ese día después de 27 kilómetros de agotadora marcha, unido a la satisfacción de lo vivido durante nuestra expedición, la cual estaba llegando a su fin. Cansados pero felices por los diez días de intenso disfrute, tomamos el bus a las 6 pm rumbo a Natales, viendo el Almirante Nieto, reconociendo hasta donde habíamos podido ascender en nuestros intentos. Vale decir que no sólo nuestros olores estaban en el bus, sino también la misma energía con la que estuvimos cuando llegamos al Parque, al menos hasta donde recuerdo, pues mi pensamiento siguiente a Laguna Amarga fue en el Terminal de Puerto Natales, en la desorientación propia de la profunda somnolencia de bus.

Cordadas:

Pancho – Cata – Max (LOS LOLOS)

Diego – Leo (SHERPANTANI)

Isma – Seba – Nico (CICLOPENTANOPERHIDROFENANTRENO)

Alonso – Sasilva (CORDADA PARTY)

Ariel – Rodrigo – Gastón (NO SE LLAMA)

Magda – Dani (CONAFITAS)

Eli – Chefo – Nacho Sanchez (SUB30)

Nacho Salas – Christian “le poncé” (TORTUGAS NINJA)

Pablo – Espe (AMOR)

 

 

 

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